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Kassandra Jimenez le hace la prueba de COVID-19 a un paciente afuera del Mariposa Community Health Center.

Cuando el Mariposa Community Health Center (MCHC por sus siglas en inglés) comenzó a evaluar a los pacientes para detectar COVID-19 a finales de marzo, sus trabajadores de salud asumieron nuevos niveles de responsabilidad y estrés mientras trabajaban en la primera línea de la pandemia.

Las asistentes de laboratorio Kassandra Jiménez y Mónica Quiñones, por ejemplo, recordaron que las primeras dos semanas de realizar pruebas de COVID-19 fueron como un momento “abrumador” al que les tomó un tiempo acostumbrarse.

“Un día tuvimos tantos pacientes que fue una locura... literalmente, casi comenzábamos a llorar”, recordó Jiménez, de 22 años. Había “muchas cosas sucediendo, todo sucediendo a la vez, y siento que todos, los pacientes y nosotras también, simplemente estábamos alterados y realmente no sabíamos cómo controlarnos en esos momentos”.

Pero las tareas que inicialmente eran agobiantes y estresantes se han convertido en parte de las rutinas diarias de los empleados en el trabajo.

“Creo que ahora es más normal”, dijo Quiñones, de 33 años. “Creo que hemos logrado ajustarnos”.

Ahora, un total de ocho asistentes de laboratorio de MCHC realizan entre 40 y 90 pruebas de coronavirus por día, además de otras tareas que ya estaban realizando antes de que la pandemia llegara al Condado Santa Cruz.

Cómo se preparan

A medida que los pacientes ingresan al estacionamiento de la clínica en sus autos, donde se les hace la prueba, Jiménez y Quiñones explicaron que primeramente se les indica que se comuniquen al número del centro y compartan su información personal.

Los asistentes de laboratorio se preparan con su equipo de protección personal (PPE por sus siglas en inglés) que incluye una bata, una cubierta para la cabeza, un protector facial, una máscara facial N-95 y guantes, y se dirigen a los autos de los pacientes para recolectar muestras de hisopos nasales para su análisis.

Quiñones comentó que, aunque los trabajadores de primera línea en MCHC no experimentan la misma cantidad de estrés y ansiedad como al principio, la nueva norma ha cambiado inevitablemente la forma en que interactúan con sus pacientes.

“Trabajo con algunos pacientes pediátricos y les gustan los abrazos. Los niños son abrazadores. Sin embargo, ahora le guardamos distancia a los pacientes. La forma en que mostramos nuestra simpatía es diferente”, dijo.

Rutina diaria

Jiménez dijo que a su familia todavía le preocupa que esté más expuesta en el trabajo y teme que pueda traer el virus a casa. Pero ella y Quiñones insistieron en que están tomando todas las precauciones necesarias y vistiendo el conjunto completo de PPE.

Al final de la jornada laboral, dijeron, ambas se mantienen alejadas de los miembros de su familia hasta que hayan tenido la oportunidad de bañarse y cambiarse de ropa.

“Mantenemos nuestra distancia antes de decir ‘hola’ a cualquiera de los miembros de nuestra familia. Es solo lo básico: lavarse las manos y cambiarse antes de abrazar a alguien en casa”, dijo Jiménez. “Es algo a lo que tenemos que adaptarnos y que ahora será parte de nuestra rutina diaria”.

Y aunque sus trabajos han puesto más estrés en los asistentes de laboratorio y sus familias, Jiménez y Quiñones estuvieron de acuerdo en que la importancia de su trabajo hace que valga la pena.

“Ya tenemos más control de nuestras emociones”, dijo Jiménez. “Nos hace sentir bien porque si no fuera por nosotros haciendo pruebas, no estaríamos diagnosticando pacientes”.

El Dr. Eladio Pereira, director médico de MCHC, también señaló la importancia de su trabajo.

“Sin ellas, no podríamos hacer un diagnóstico y comenzar el aislamiento para reducir la propagación”, dijo.

(Traducción por Celina Cienfuegos.)

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