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Yoquebet Moreno y tres de sus cuatro hijos. Anthony está a la derecha.

Un miércoles reciente, Anthony Verdugo Moreno, un estudiante de 8 años de Lincoln Elementary School en Nogales, sonrió alegremente a la pantalla de su computadora portátil mientras un maestro lo guiaba a través de un ejercicio de ortografía.

Al igual que sus compañeros de tercer grado, Verdugo Moreno ha estado estudiando en línea este año escolar, comunicándose desde la mesa del comedor de su casa en Western Avenue.

Anthony, quien ha sido diagnosticado con múltiples discapacidades de aprendizaje y ansiedad social, todavía toma clases regulares, además de recibir atención adicional de especialistas en educación especial. Pero no ha tenido éxito en su salón de clases en línea.

“Se ha frustrado mucho”, dijo su madre, Yoquebet Moreno. “Hasta ha habido ocasiones en las que ha llorado”.

Moreno teme que, al ritmo que se está quedando atrás, Anthony tendrá que repetir tercer grado. Y ella está teniendo problemas para conseguirle la ayuda que necesita. Hasta hace poco, dijo, Anthony solo recibía una de varias sesiones especiales a las que normalmente asistía en la escuela. Moreno se ha encontrado a sí misma tratando de ayudar como puede, con resultados mixtos.

“Ha sido difícil adaptarnos”, ella dijo.

Moreno y su hijo no son los únicos. Como ocurrió con todos los niños en edad escolar, la pandemia de COVID-19 arrojó las viejas rutinas por la ventana. Pero la transición al aprendizaje en línea ha presentado desafíos únicos para los estudiantes con necesidades especiales.

Hay “una gran diferencia entre un estudiante sin discapacidades y un estudiante discapacitado, cuando se trata de aprender a través de clases en línea”, dijo Maria Scholnick, quien fundó Santa Cruz Parent Love Connection, un grupo para padres locales de niños con necesidades especiales.

Esa brecha entre estudiantes con y sin necesidades especiales puede comenzar con su rutina diaria.

Vasthi Anduaga dijo que nunca pudo establecer una rutina de aprendizaje en línea de manera efectiva en casa para su hija, Damaris Monge, estudiante de 16 años de Nogales High School, quien tiene síndrome de Down.

“La niña miraba todo esto como: todavía estoy en vacaciones, no quiero trabajar, no quiero hacer nada. Se levantaba bien tarde, la rutina de ella se descontroló”, Anduaga dijo.

Dado que los estudiantes aprenden en casa, se ha pedido a los padres con más frecuencia que ayuden con las tareas escolares, algo que es más difícil para los estudiantes con necesidades especiales.

“Tienen dificultades para trabajar con los estudiantes y sus discapacidades”, dijo Judith Mendoza Jiménez, directora de servicios estudiantiles y educación especial de Nogales High School. “Y, además, es un desafío adicional intentar trabajar virtualmente”.

Experiencias diferentes

Con el cambio al aprendizaje híbrido en la mayoría de las escuelas públicas locales, se espera que la mayoría de los estudiantes regresen al campus durante un par de días a la semana. Pero los padres de estudiantes con necesidades especiales que aún no han regresado al campus a través de un programa especial en el sitio aún pueden dudar en enviarlos de regreso con COVID-19 todavía presente en la comunidad.

Mendoza Jiménez dijo que no es inusual que los estudiantes con necesidades sustanciales de aprendizaje también tengan circunstancias de salud únicas.

“Los niños con las discapacidades más significantes… su salud es más frágil”, dijo.

Aun así, aunque los estudiantes con necesidades especiales comparten algunos desafíos este año, diferentes familias informaron experiencias dramáticamente diferentes con el aprendizaje remoto.

Belinda Jaramillo vive en Nogales, Sonora y su hijo Santiago Jaramillo, de 11 años, es estudiante de Sacred Heart Catholic School. Dijo que el aprendizaje en línea, en su mayor parte, ha funcionado bien para su familia.

Al principio, dijo Jaramillo, su hijo quería volver a la escuela para pasar tiempo con sus compañeros de clase, pero en unas dos semanas se había adaptado a la nueva rutina. Su esposo recientemente cambió de trabajo, dándole tiempo de pasar la jornada escolar al lado de Santi, listo para ayudar. También le dio crédito al maestro de Santi por trabajar para mantenerlo involucrado e incluido en las clases en línea.

“Creemos que estamos bendecidos”, dijo Jaramillo.

Aun así, agregó, a pesar de que Sacred Heart recientemente restableció el aprendizaje en aulas, ella y su esposo mantendrán a Santi en casa por un tiempo más para seguir trabajando en el distanciamiento social.

“La mayoría de los niños con síndrome de Down son muy sociales. Quieren mostrar aprecio, por eso les encanta abrazar, les encanta tocar, así que esa es la parte desafiante”, dijo.

Yoquebet Moreno se ha encontrado en una situación más difícil. Madre soltera de cuatro hijos, ella trabaja desde la medianoche hasta las 8 a.m.

Cuando llega a casa, es hora de poner el desayuno en la mesa y preparar a sus tres niños para que aprendan en sus computadoras portátiles. Los tres niños comparten una mesa en la sala principal de su casa, lo que les dificulta participar en las lecciones sin distraerse entre ellos.

Y Anduaga dijo que la situación con su hija era simplemente insostenible. Hace dos semanas, comenzó a enviar a Damaris al campus para recibir servicios en el lugar, donde comenzó a recibir nuevamente terapias físicas y del habla.

Fue una elección que Anduaga no quiso tomar, ya que ha tenido problemas para explicarle las restricciones de COVID-19 a su hija.

Pero Anduaga sintió que era su única opción: “Tuve que tomar esa decisión drástica porque ya en la casa era mucha la frustración”.

(Traducción por Celina Cienfuegos.)

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